En principio deberíamos comenzar por reconocer la existencia de diversas formas de la agresividad, porque existe una agresividad que se expresa en fantasías que es diferente de aquella que se expresa en la conducta y una agresividad que se dirige hacia la propia persona que difiere de la que se dirige hacia otros. En el caso de los niños, por ejemplo, algunas veces llegarán a verbalizar sus fantasías de que le pase algo malo a su hermanito y otras veces pasarán directamente a tirarle de un mechón del pelo, en ciertas ocasiones los descubriremos rayando el cuaderno del compañerito de banco y en otras los veremos estropeando el suyo propio. Pero la mayor importancia de reconocer estas diferenciaciones es que nos invitan a pensar en que quizás solo reaccionamos ante ciertas formas de la agresividad que pueden resultar más manifiestas o menos toleradas y que existen otras formas que pueden resultar desapercibidas para nosotros.
Decir que la agresividad es una tendencia primaria en el ser humano no equivale a considerarla del orden instintivo. Debemos saber que a diferencia de los animales, en el ser humano lo instintivo es abolido desde el mismo momento en que el bebe es tomado en sus brazos por sus padres e ingresado a través del lenguaje en todas sus expresiones, verbales y afectivas, al mundo de nuestra cultura. De lo que se trata en el fenómeno de la agresividad es de una tendencia desorganizadora de la trama psíquica que es propia a la ambivalencia amor-odio de las relaciones afectivas que el ser humano establece con los otros desde su nacimiento, una tendencia que a lo largo del desarrollo madurativo y en concordancia con las exigencias de la vida social irá adquiriendo diversas modalidades y matices pero que nunca dejará de ser una parte constitutiva de nuestra vida afectiva.
En ciertas ocasiones o para algunas personas, esta tendencia agresiva se convierte en el único medio disponible para descargar la angustia y el desasosiego originados por aquellas situaciones de frustración que logran superar las posibilidades de acción que se tiene sobre las cosas. En este caso, las manifestaciones de agresividad pueden perseguir un objetivo preciso y ser acordes a las exigencias de la situación, como en el caso de una reacción defensiva ante un ataque exterior. Pero la justa medida de esta descarga tendrá que ver con los recursos psíquicos y con el umbral de tolerancia de cada quien que, por supuesto, no son iguales para todos ya que dependen del recorrido singular que hayan tenido las relaciones afectivas de cada uno a lo largo de su historia.
Cuando pensamos en la crianza de nuestros niños, es preciso reconocer que nos encontramos frente a un ser en desarrollo y con un inmensa demanda hacia el mundo que es propia de su infinito deseo por descubrirlo y apropiarse de las cosas que lo rodean. Pero también es preciso que aceptemos que otra parte necesaria de su proceso de crecimiento se jugará en su inevitable encuentro con los límites que surgen de la convivencia con otros, ya sean adultos o pares, y que no podemos ni tampoco sería bueno evitarle a un niño este encuentro con situaciones que seguramente resultarán frustrantes a la omnipotencia de su deseo. En tal sentido, se trata mas bien de conducir al niño a encontrar medios más saludables y no destructivos para canalizar su angustia, acompañándolo en la apropiación de herramientas más ricas y provechosas que le permitan ir evolucionando de aquellas manifestaciones agresivas hacia alguna forma de expresión más adecuada a la situación y más rica para su desarrollo psicoafectivo.
Desde ya que el camino hacia el justo equilibrio en el ejercicio de nuestra tolerancia se encontrará siempre señalado por las coordenadas de ese amor incondicional que sentimos por nuestros chicos. Porque no existen chicos malos o chicos buenos sino chicos diferentes, y porque solo desde el amor conseguiremos estar un poco más preparados para enfrentar esas situaciones con las que nuestros chicos nos sorprenden día a día. De esa manera conseguiremos apaciguar nuestros temores y dudas y estaremos en posición de dar lugar a la inmensa novedad que este hijo trae con su propia singularidad, atributo de cada ser en este mundo que lo determina como único e irrepetible.
Lic. Julieta Monteros - Psicóloga - MP 94563


No hay comentarios:
Publicar un comentario
Puedes dejar en este espacio tu consulta, comentario y datos de contacto. Muchas gracias.